Un terremoto de magnitud 7.1 sacudió la prefectura de Kumamoto, en el sur de Japón, la tarde del 28 de julio, con una intensidad máxima de 7 en la escala Shindo. El saldo preliminar: al menos 3 muertos, cerca de 100 heridos y varias personas desaparecidas. Las autoridades activaron y luego levantaron una alerta de tsunami de hasta un metro.
El derrumbe de una sección del centro comercial Aeon Mall de Kashima dejó dos cuerpos entre los escombros, y entre 45 mil y 48 mil hogares se quedaron sin electricidad. Una réplica de magnitud 6.1 se sumó a la emergencia horas después.
En Venezuela, la actividad sísmica tampoco cede: Funvisis ha registrado ya más de 1,500 réplicas desde el doblete de magnitud 7.2 y 7.5 del 24 de junio frente a las costas de La Guaira y Caracas, con temblores moderados de entre 2.0 y 3.6 reportados constantemente esta semana.
En Oaxaca, un sismo de magnitud 4.1 se registró la madrugada del 28 de julio a 9 kilómetros al noreste de Juchitán de Zaragoza, a 87 kilómetros de profundidad, sin causar daños ni interrumpir las actividades cotidianas.
Tres países, tres escalas de magnitud distintas, pero un mismo recordatorio: la actividad sísmica no avisa, y la diferencia entre una anécdota y una tragedia depende casi siempre de qué tan preparada esté la infraestructura que la recibe.

