Vie. Jun 12th, 2026

Mundial para ricos, circo para todos

Mundial para ricos, circo para todos

Oaxaca de Juárez, Oax. Arrancó el Mundial y, como cada cuatro años, el planeta parece detenerse frente a una pantalla. Pero esta vez la fiesta dejó un sabor extraño: un Mundial cada vez más lejano de la gente que realmente ama el futbol y más cercano a las marcas, los influencers y el consumo desenfrenado.

Los boletos para algunos partidos alcanzaron precios de 50 mil, 100 mil y hasta más de 200 mil pesos, convirtiendo el evento en un lujo reservado para unos cuantos. El aficionado que creció viendo partidos en la banqueta, jugando en la calle o desvelándose para ver a su selección, difícilmente puede aspirar a vivir la experiencia desde el estadio. El futbol del pueblo parece haber sido secuestrado por el mercado.

La inauguración fue un desfile de celebridades y nostalgia: Maná, Belinda, Los Ángeles Azules y Lila Downs intentaron mostrar una parte de la identidad mexicana al mundo. Sin embargo, tampoco faltaron las críticas. En Oaxaca, donde durante años se ha insistido en reivindicar las lenguas originarias en cada acto público, llamó la atención que, frente a las cámaras globales y bajo el protocolo de la FIFA, el inglés terminara imponiéndose como idioma dominante. Para algunos fue simple adaptación al escenario internacional; para otros, una contradicción difícil de ignorar.

También hubo quienes cuestionaron el espectáculo en sí. Las redes sociales se llenaron de comentarios sobre una Shakira irreconocible para muchos espectadores, mientras otros lamentaban que el evento pareciera más una gigantesca campaña de marketing que una auténtica celebración deportiva.

Porque quizá esa es la verdadera postal del Mundial moderno: pantallas nuevas, promociones de cerveza, botanas temáticas y centros comerciales repletos. Un mes perfecto para vender de todo utilizando la pasión futbolera como combustible.

Y, sin embargo, también hay algo profundamente humano detrás de esta fiebre colectiva. En un país golpeado por la violencia, con hospitales que carecen de medicinas, comunidades sin agua, carreteras abandonadas y familias que estiran cada peso para sobrevivir, el futbol sigue funcionando como una tregua emocional. Un respiro. Una excusa para reunirse, abrazarse, gritar un gol y olvidar, aunque sea durante noventa minutos, la realidad que espera afuera de la sala.

Quizá por eso seguimos viendo los partidos. No porque el Mundial siga perteneciendo al pueblo, sino porque el pueblo todavía necesita soñar que algo puede unirnos por encima del caos cotidiano.

El futbol cambió. Se volvió negocio, espectáculo y mercancía. Pero la esperanza de millones de personas que se sientan frente al televisor con la ilusión intacta sigue siendo auténtica. Tal vez eso sea lo único que la FIFA todavía no ha podido vender.

Por admin

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