Elon Musk no pudo quedarse callado. Cuando la presidenta Claudia Sheinbaum presentó el avance del Olinia —el primer vehículo eléctrico de desarrollo mexicano— el dueño de Tesla reaccionó en redes con el desdén de quien no termina de tomar en serio al sur del río Bravo. La publicación se viralizó en minutos y volvió a dividir a la opinión pública entre quienes defienden el proyecto como un símbolo de soberanía tecnológica y quienes lo descalifican antes de que ruede un kilómetro.
El Olinia no es un Tesla ni pretende serlo. Es un minivehículo eléctrico de uso urbano, pensado para sustituir motocicletas, mototaxis y vehículos de reparto ligero en las ciudades mexicanas. El gobierno lo presentó el 13 de mayo con un prototipo físico funcional —ya no solo renders— desarrollado por más de 80 académicos y técnicos de universidades y centros especializados del país. Su precio objetivo ronda entre 90 mil y 150 mil pesos, su lanzamiento oficial está programado para el 7 de junio de 2026, justo con el arranque del Mundial, y la producción a escala está proyectada para 2027 en Puebla.
La propia Sheinbaum tuvo que salir a aclarar lo que parece una confusión conveniente para algunos: el Olinia no está diseñado para competir con Tesla ni con ningún fabricante internacional. Su mercado es otro, su escala es otra y su propósito también. Esa aclaración —calificada por algunos medios como «alivio para Musk»— dice más sobre cómo se leía el proyecto desde afuera que sobre lo que realmente es.
Lo irónico es que Musk construyó su fortuna apostando exactamente a lo que México está intentando ahora: que el futuro del transporte es eléctrico y que quienes lleguen primero al mercado masivo ganan. El problema no es que México quiera hacer un coche eléctrico. El problema, para algunos, es que México lo intente sin pedirle permiso a nadie.
¿Será el Olinia el inicio de una industria o el símbolo de una promesa que no llega a Puebla?

