Oaxaca de Juárez, Oax. Lo que durante meses el gobierno descartó como una simple falla operativa hoy lo confirma la propia Presidencia: el trazo del Tren Interoceánico tendrá que cambiarse en la zona conocida como «Orejas de Conejo», donde un descarrilamiento dejó 14 personas muertas en diciembre pasado.
Claudia Sheinbaum reconoció que es necesario modificar el recorrido en ese tramo para «incrementar la seguridad» de las operaciones ferroviarias. La decisión revive, casi de inmediato, las advertencias que especialistas y conocedores del proyecto venían haciendo desde antes de la tragedia sobre las curvas peligrosas de ese trazado.
Y ahí está la pregunta incómoda que el gobierno no puede esquivar: si hoy considera necesario mover la ruta para garantizar la seguridad, ¿por qué ignoró las advertencias técnicas antes del accidente?
Durante meses, la discusión oficial se concentró en la velocidad del tren y en supuestos errores de operación. Pero diversos especialistas insistieron en que el problema no era el conductor, sino el diseño mismo de la ruta: curvas que multiplicaban el riesgo de un percance de gran magnitud.
Con el anuncio de la modificación, la narrativa se cae sola. Lo que se vendió como un proyecto estratégico de infraestructura hoy enfrenta una corrección que solo llegó después de una tragedia que pudo evitarse.
Mientras avanzan los trabajos para rediseñar el tramo, sigue sin respuesta la pregunta más incómoda de todas: ¿quién autorizó el trazo original y quién va a responder por uno de los accidentes ferroviarios más graves de los últimos años?
El gobierno habla hoy de seguridad y correcciones. Para las familias de las 14 víctimas, la modificación llega demasiado tarde: podrá evitar futuras tragedias, pero difícilmente explicará cómo se permitió que una ruta señalada por sus riesgos terminara costando vidas humanas.

