La nueva era de la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN), presidida por el ministro electo Hugo Aguilar Ortiz, de origen oaxaqueño, fue celebrada no con un acto solemne de justicia ni con un mensaje institucional de altura, sino con una calenda encabezada por el gobernador Salomón Jara Cruz y la clase política de Oaxaca.
El contingente, conformado por representantes de diversos pueblos originarios de Oaxaca, recorrió la avenida Juárez de la Ciudad de México bajo la consigna: “Ahora la SCJN es del pueblo y Oaxaca está presente”. Entre jarabes, sones y chilenas interpretados por la Banda Sinfónica de Tlaxiaco, la celebración convirtió un acontecimiento judicial en un espectáculo folklórico.
Lo curioso es que mientras se festejaba la llegada de un oaxaqueño a la Corte —el segundo en la historia después de Benito Juárez García—, muchos se preguntan: ¿no sería más importante trabajar en fortalecer la justicia en Oaxaca, donde la corrupción, la impunidad y los rezagos judiciales siguen siendo el pan de cada día?
Oaxaca una vez más demostró que, para casi todo, la respuesta es una calenda. Pero entre tanta fiesta, queda la duda: ¿la justicia también se baila o más bien se trabaja?

